¿Qué diablos tenía que hacer en el mundo un hombre como él, un Wagner, un Klein? Siempre abierto a sus ojos el abismo que lo separaba de Dios, sintiendo siempre en su propio corazón el desgarramiento del mundo, cansado y agotado por los eternos y vanos esfuerzos por levantarse hacia Dios, que acababan siempre en desesperadas recaídas.

 

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