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56.

El corazón empieza bajo tierra,
pero acaba en tus labios y en los míos.
La muerte entonces duda en las cornisas
y una convalecencia de ojos largos
desprende las arrugas del temblor.

No hay que negar que eso nos salva,
pero entre tantas cosas perdidas
no es posible aceptar la salvación.

Y las manos, sin darse cuenta, aprenden
el gesto incorregible
de volver a enterrar el corazón.

 

Roberto Juarroz

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