La pausa

 

Van apagándose los admirables ornamentos
de las altas sillas, del reloj cuidadoso
y pardo. Y la madre, que dobla
el fino pañuelo en la penumbra.

Van apagándose, en fin, las mágicas versiones
de las islas, ya pacificadas.
Y se abre la calma como una vasta puerta
y a lo lejos oímos llegar las dulces aguas.

Verdaderamente la lluvia entre la noche canta.
Verdaderamente se apagan los ornamentos admirables.

Y luego el silencio, que descansa en tu hombro
como una suave, poderosa mano.

Eliseo Alberto Diego

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